Interculturalidad y Educación: Un Puente hacia los Derechos Humanos
Por Guillermo S. Tovar S.
La historia de las Universidades Interculturales (UI) en México es un claro ejemplo de cómo la educación puede actuar como motor de transformación social. Estos espacios surgieron para responder a décadas de exclusión de jóvenes indígenas del sistema educativo, pero su alcance va más allá de la inclusión: plantean un modelo en el que la interculturalidad y el respeto a los derechos humanos sean parte integral de la formación universitaria.
¿Por qué es importante la interculturalidad?
Cuando hablamos de interculturalidad, nos referimos a la convivencia respetuosa y equitativa entre culturas diversas. Lejos de ser un simple intercambio folclórico, implica reconocer la riqueza de los saberes indígenas y no indígenas, y darle un papel central en la toma de decisiones y el diseño de políticas públicas. Así, la interculturalidad evita la “castellanización” forzada o la imposición de una cultura dominante, promoviendo en su lugar el diálogo horizontal y la construcción conjunta de conocimientos.
Del bilingüismo a la interculturalidad
La historia de la educación para poblaciones indígenas en México pasó por distintas etapas. Primero, se buscaba integrarlas a la “cultura nacional” mediante la enseñanza del español, a menudo ignorando sus lenguas y tradiciones. Después, llegó la fase bilingüe-bicultural, en la que se reconoció la importancia de las lenguas indígenas, pero aún se mantenía la idea de que había que “adaptarse” al sistema predominante.
Finalmente, con la promulgación de la Reforma Constitucional de 2001 y la creación de la Coordinación General de Educación Intercultural Bilingüe (CGEIB), surgió la educación intercultural: un enfoque que ve el país como un territorio pluricultural y plurilingüe, y a partir de ahí establece la urgencia de integrar los saberes de las comunidades indígenas con la ciencia y la tecnología moderna.
Universidades Interculturales y Derechos Humanos
Las Universidades Interculturales, iniciadas formalmente a partir de 2003, representan un avance significativo en el reconocimiento de las culturas originarias dentro del sistema educativo nacional. Sus planes de estudio combinan la formación académica tradicional con la revitalización de lenguas, costumbres y saberes ancestrales. Pero ¿dónde entra la dimensión de derechos humanos?
Acceso a la educación: Reconocer la pluralidad cultural y lingüística es esencial para garantizar el derecho de todos y todas a recibir una formación que respete su identidad y cosmovisión.
Equidad y dignidad: Al promover la interculturalidad, se combate la discriminación, se valoran las diferencias culturales y se defiende la dignidad de las poblaciones indígenas.
Participación activa: La educación intercultural favorece que jóvenes indígenas ejerzan sus derechos políticos y culturales, fortaleciendo el tejido social en sus propias comunidades.
Retos y esperanzas
Aunque las UI han impulsado cambios notables, aún enfrentan desafíos: desde la integración curricular hasta la sostenibilidad financiera. Sin embargo, su existencia confirma que una educación inclusiva y respetuosa de la diversidad cultural es la base de una sociedad más justa.
Promover esta visión trasciende las aulas: nos invita a construir espacios públicos, debates y políticas en los que la interculturalidad no sea solo un ideal, sino una práctica cotidiana que garantice el derecho a la identidad y la equidad de oportunidades para cada persona, sin importar su origen o lengua.
En definitiva, las Universidades Interculturales nos recuerdan que el respeto a la diversidad y la defensa de los derechos humanos van de la mano. Apostar por la educación intercultural no solo enriquece el panorama educativo, sino que construye puentes hacia una sociedad capaz de valorar —y aprender de— toda la riqueza cultural que nos rodea.